3.11.10

Clorofiloso



“Estas vísperas son las de después. Este pez ya no muere por tu boca, este loco se va con otra loca. Estos ojos, no lloran más por ti.” J.S.

Sentada en la terraza de mi casa, la laptop en mis piernas, día de un noviembre frío. Una Caracas nublada reposa activa, como cada día, a los pies de este Ávila apenado por la neblina. Un día básicamente normal, sin particulares ni extraordinarios.
Terminadas las pautas de trabajo del día y de la semana, quedaba mucho tiempo libre para pensar… para practicar mi mejor deporte: observar, objetar, ilusionarme y, posteriormente, tumbarme la ilusión; pensar en la inmortalidad del gato, pasarme de creativa, escuchar música en cantidades abusivas y ¿por qué no? Auto sabotearme un ratico… ¡tiempo hay! ¡Así que venga!
Hace un par de días mientras escribía un tweet que decía: “No hay nada más traicionero que el pensamiento. Mientras más me alejo, más me acerca”, me cagaba de risa por mis tonterías. Obviamente, el pensamiento hace lo que quiere y cuándo quiere. No estaba agregándole nada nuevo a mi experiencia. Nada que ya no hubiese aprehendido de mis muchas lecturas y relecturas de la literatura de Osho. Así que sólo podía entenderlo como un extraño “recordatorio” de la pequeñez del hombre y de mi puntual capacidad/necesidad de cuestionarlo todo -Complicada, como siempre… tiendo a alejar hasta al más paciente-.
Ese flashback twittero tuvo lugar allí, sentada en aquella terraza, muerta de frío, observando despacio, suavecito, impaciente, buscando una respuesta en la nube negra que se estaciona cómoda arriba de mi edificio… buscándole, como siempre, las cuatro patas al gato.
Dejo de divagar y me detengo a escudriñar una matica que, valga la redundancia, está anclada en la matera de mi casa. Creo que es un helechito, estoy casi segura. Tiene el verde propio de este clima, colmada de hojas. Se mueve tan ligera que la envidio -qué descomplique, coño-,  va y viene a gusto del viento, sin cansarse, sin protestar, en una simbiosis perfecta con su entorno:  sin joder a la matica de al lado, sin quejarse de lo gélido del tiempo, sin siquiera burlarse de mí que, sentada frente a ella, la observo embelesada, así  como buscando más respuestas para cuestionar después. El helechito es feliz (quiero creer que así es.)
Al otro extremo de la matera hay un Bonsái de Jade que heredé hace unos cinco años de un “ex amorcito” que se fue, como todos, a vivir a Europa. Éste es la exacta antítesis del helechito: se mantiene erguido, renuente al viento, equidistante a un rosal en la ventana de mi cuarto, pegadito al borde de la matera, casi a punto de saltar… como evitando entrar en esa hermosa y relativa danza del helecho. El Bonsái, está en negación. El Bonsái no es colaborador. Este Bonsái es autónomo, necio, autosuficiente, hace lo que le da la gana… Claro, mientras lo rieguen, limpien sus hojas con frecuencia, le acaricien, alaben lo lindo, grande y verde que está… mientras todo eso suceda, este Bonsái es “in-de-pen-dien-te.”
Me sonrío: lo he logrado. Encontré de dónde agarrarme para iniciar mi proceso de “hiper complicación personalizada y autoimpuesta”.  No hay nada más sabroso que sentirme así, dándole una pela a mi subconsciente que me empuja todo el tiempo a hacer este ejercicio medio malsano, pero que, al final, siempre me deja cosas buenas –digo yo.-
Resulta que la metáfora cloro-filosa me sirve de marco para divagar un poco acerca de cómo estoy entendiendo las cosas que suceden en este momento de mi vida. La mala noticia es que me identifico con el Bonsái. Como él, le hago resistencia al ritmo natural de muchas de las cosas que vivo. Por ejemplo, tratándose de relaciones, tengo una mejor escuela como amiga que como compañera –o pareja-. Quizás el hecho de protegerme tanto de los otros me deja encerrada en mis propias reglas y prohibiciones. Como típica cáncer: con ese caparazón bien montado. Así, he llegado al punto en el que pienso –y siento- que no soy capaz de mantener relaciones sanas con mi opuesto de género, al menos no de entrada.
Pero sucede que siempre llega quien te ubica y te obliga a ver más allá de tu propia nariz. Entonces, me he descubierto vulnerable ante mis inesperadas ganas de querer, de hacer funcionar, de dejar fluir y no cerrarme esta vez. Me descubro ahora, por primera vez en mucho, mucho tiempo, abierta a las posibilidades, queriendo querer. La cosa es, que casi nada sucede como uno lo figura. Hay que jugárselas o dejarlo ir.
Allí mi dilema actual. No soy buena presionando o insistiendo. ¡NO SOY PACIENTE! No soy buena pidiendo que me quieran y, como el Bonsái, opto por erguirme de espaldas al viento, ignorando al fantástico rosal que reposa junto a mí y rechazando la dinámica armoniosa de aquel helechito…
Me confieso hoy más vulnerable que nunca antes. Es una sensación que había olvidado, que se torna incómoda, no grata, pero adictiva. Inesperadamente he recuperado las ganas de luchar por alguien,  de sentirme bien. Entonces, la buena noticia es: que ese Bonsái reconoce que no es tan autosuficiente… reconoce necesitar de otro(s) para mantenerse de cara al imponente Ávila. El riego, las caricias, el reverdecer de sus hojas, la belleza de la planta no pasa –ni pasará- por generación espontánea… siempre ha existido un “alguien” que le cuide y hasta le pode, cuando sea necesario. El Bonsái reconoce que necesita, que no es tan malo depender SANAMENTE de alguien más. 

Tal vez, más adelante coquetee con el bailecito del helecho. Algo bueno puede salir.

BlackHollow



4 comentarios:

Unknown dijo...

mmm asombroso como pudiste sacar esa conclusión con solo observar un bonsái y un helecho! Dificil hacerlo, pero al menos sacaste algo bueno de ello... a por ello Sony! El que no arriesga no gana!

Black Hollow dijo...

Así es, así dicen. Gracias por comentar! :)

Eduardo dijo...

Me gustó tu blog. Felicitaciones.
Profundiza y eso me atrae.
Besos, sigue así.

EDUARDO ACOSTA

Black Hollow dijo...

Gracias Eduardo! Saludos!