
De qué está hecha esta desesperación? por qué sudan las manos y se acelera la respiración cuando te acercas a mi pensamiento? Por qué paseas sobre mis sentidos como si te pertenecieran? o es que acaso lo que buscas es sentar bases sobre mis miedos y lacerar las defensas que tanto he tardado en construir?
He pasado tres horas observando mi ritmo cardiaco y el pulso de mis manos como haciendo un experimento, y resulta que ya no es normal. Hace semanas que algo pasa y no he querido darle importancia, pero tal vez deba hacerlo.
En este momento tecleo rapidamente y sin ningún sentido, tratando de atrapar mis ideas tan rapido como aparecen, pero es imposible. No sé qué es lo que quiero de ti, creo que ni siquiera hay algo que desee, sólo veo desde mi habitación cómo dan vueltas en espirales discontínuas las emociones que produces y, sin saber por qué, entro en el juego y me desintegro tratando de salirme sin dañarme.
Cierro la boca para poder ver un poco más de cerca lo que callan tus manos, cierro los ojos y sólo escucho esa voz insoportable que me acecha cada noche desde el día en que acepté reconocerte como parte de una realidad oscura y espesa que me tiene atrapada desde hace ya un tiempo. Sí, acepté jugar con las miradas y las palabras, permití que me bañaran con símbolos y mentiras, acepté mirarte a menos de un metro y tocarte desde la entrada de la casa, sin apuros ni videntes rondando. Pero ya no sé por qué sigo, no entiendo lo que quieres tampoco, porque no me pides nada pero exiges todo y yo te sigo con la expresión cansada de quien ya no quiere ni puede dar un paso más.

Cuando era niña hablaba sola, le temía a los cuartos vacíos y soñaba casi todas las noches con un camión verde inmenso que se desplazaba a velocidad mortal. Cada dos mañanas ella corría con fuerza al escuchar el cacareo de las gallinas de la casa de su abuela, se acercaba despacio y con rapidez al nido y sacaba dos de los huevitos recién puestos, aún calientes y vibrantes de nueva vida. Corría de nuevo, esta vez de regreso a la casa, donde su abuela se encargaba de cocinar esos dos esperados caprichos. Años después, esa misma niña se fue. Nunca más cacarearon las gallinas, nunca más corrió la niña al patio, la abuela dejó de esperarla, jamás volvió a sonreir.
BlackHollow