Muelas del juicio... Incomprensible aseveración que, por tradición, le damos a las cuatro puñeteras calcificaciones que se forman silenciosamente en el interior de nuestra mandíbula: las muelas cordales.
Pues de cuerdas, nada eh! así como tampoco lo fue la corta pero interminable experiencia de estar recostada de ese sillón verde por casi hora y media, mientras el "verdugo" acuñaba con fuerza y, gracias a la vida, con precisión, una cantidad no contabilizada de aparatos, martillos, espejitos, agujas y taladros... para poder, así, de semejante manera, extraer eso... eso que llamamos muelas de... juicio.
No es natural, lo mantengo... a decir verdad, no lo comprendo! Así como siempre será un misterio inextricable la venida al mundo de un ser humano, cuya cabeza rebasa diez o veinte veces el diametro de la salida que, por naturaleza, lleva la mujer como una marca registrada desde que nace. Así tampoco es natural la llegada de estas muelas al destino irreversible de inocentes e indispensables bocas que, de sólo abrirse ante el frío y antagónico ambiente de un consultorio se secan de desesperación.
No es natural... es inhumana la salida de un niño, sus hombros y demás extremidades por ese orificio ínfimo de casi diez centímetros, frente a aquella humanidad... qué desgarre! Dios, qué dolor!! noooooooooo, es que sólo de imaginarlo me repito: ¡cesárea conmigo!
Ni en un millón de años me dejaría ponderar de tal forma por la naturaleza. Me niego, y seguiré en negación.
Sin embargo, el asunto de las "muelas de juicio" es mucho más incoherente que el alumbramiento humano. Miren: ¿Te las quieres llevar? me pregunta la enfermera que, estoica (no más que yo, por supuesto) se mantuvo a mi lado derecho, pasando por encima de mi hombro y justo frente a mis ojos una cantidad insospechada de herramientas, cuchillos, tornillos, calibradores y demás elementos que sólo buscan infringir un terrible dolor que, al momento, no aparece... pero que aguarda constante, sin desesperar, lento, muy lento...
No obstante, con una seguridad que le sucede al hormigueo agónico del viaje sin regreso, de aquella dulce y atemporal anestesia que separó a mis nervios de la carne... pero no por mucho.
Busqué de un lado a otro con un movimiento inmediato, casi estruendoso, de mi cabeza confirmarle a Jéssica (la enfermera con cara de alemana, según el doctor; quien mintió al respecto, claro, pues se me antojó siempre bastante certera y cordial) que no había motivo alguno para querer llevarme aquellos engendros de calcio que brotaban entre fluídos que no quiero recordar, y mis intentos por respirar profundo y mantenerme quieta.
Asombrada, la chica procedió a deshacerse de ellas... Creo que Jéssica no creyó normal mi reacción. Lo dijo su expresión, pero tenía litros de anestesia encima, así que no me crean.
Mientras tanto...Aquél doctor con nombre de ruso y cuatro manos que atornillaban, halaban, taladraban y remataban mi boca, escuchaba y repetía una canción de los años de la insurrección humana, con un ritmo bastante pegajoso y una muy corta letra que decía una y otra vez:"Flaca, flaca, flaca... Ella era flaca pero cómo comía... y se puso gorda, gorda... Flaca, flaca..."
Les diré, fue la mejor anestesia, porque pensar en la letra de la canción y en lo obstinante de sus repetitiva prosa me alejó del show principal que continuaba presuroso en mi antelación al mundo de la "adultez". Pues, según todos los viejos que conozco, las muelas de juicio son la garantía de que te has hecho hombre... o en mi caso, mujer. Menuda equivocación, me siento igual de tonta que cuando las tenía.
"Flaca, flaca, flaca... Ella era flaca pero cómo comía... y se puso gorda, gorda... Flaca, flaca..." y:
-Voltea hacia a mí, vas a escuchar algo, ¿ok?-
crakkkkkkkkk -apieto los puños, los dedos de los pies se entumecen, estoy rígida como una lámina de cedro y...- craaaakkkkkk....
Pedazos de calcio en matices destellantes de roja sangre...Allí yacía la condenada muela... que, por cierto, venía acostada, de lado, con flojera y parida de más raíces de lo normal. -"Muchacha, muela pa' rara que tienes tú aquí"- Qué consuelo, al menos alguien disfrutaba del paisaje.
El hilo negro, dos puntos en cada herida que terminaban, extrañamente, atados a mis mejillas (me di cuenta cuando al hablar, luego del efecto de la anestesia, sentía como me contenían de lado y lado de la boca)cerraban el periplo dental de aquella tarde de mayo que, no contaba con el humor negro y las dotes vocales del doctor con nombre de ruso y cara de venezolano y, mucho menos, con mi irremediable valentía -a qué negarlo!-
A ese mismo doctor, le prometí escribir este post, que en principio sería un ensayo y luego un cuento... lo que creo que terminó siendo.
Siete días después, tres de los cuatro puntos fueron removidos, al ritmo, por supuesto, de la inolvidable "Flaca" de los Bam-Band de la salsa vieja. Si se lo preguntan, no llevé el ensayo, ni el cuento, ni siquiera este post...
Pero no logré esquivar la re-petición del quirúrgico amante de las letras, quien con tono de comando, reclamó presentáse al final de la semana la asignación propuesta al paciente.
Bueno, aquí te dejo tu ensayo-cuento, Alexei. Esa puñetera muela del antijuicio parece haberme arrancado la poca cordura que me restaba. Llegó tarde, pero llegó.
Gracias por los litros de anestesia, y por la vocalización fallida... lo que cuenta es intentar!
Y así, me despedí definitivamente del juicio y la sana cordura de la pre-adultez.
Ya eres adulta! me siguen repitiendo hasta hoy... Mi cara lo contradice...
