Noche de soledad:
el alma puesta en tu amor distante,
tal vez por una mala sombra de pasado,
-el mío, para ti doloroso-
que ahora,
cuando más nos queremos,
viene a turbar la paz de nuestras almas.
Una duda en la vida es brisa infausta
que deshoja el follaje de la tarde.
¡Cómo me duele el tiempo en tu conciencia!
Si pudiera nacer para tu vida
como el alba entre rosas de esperanzas
bajo la luz más casta de una estrella,
o como el agua que en la hoja verde
aprisiona una gota de la luz.
Nuevo me llegué a ti con la conciencia,
casi infantil de mi primer amor,
y descifré en tus ojos la cartilla
que jamás otros me ofrecieron.
Nunca vi el mundo con más ricos dones.
Hasta las mismas cosas familiares
tuvieron para mí signos distintos
y las palabras -viejas de haberse dicho tanto-
me revelaron sendas imprevistas.
Un agua clara refrescó mi vida
fue tu voz manatial de estrella limpia
que inundó con su vena generosa
la soledad fluvial de mis campiñas.
Jamás tuvo mi vida más sentido
de perfección tenaz para un anhelo.
Todo me volví a ti:
fui como el día que es todo de un mañana
que no sabe que ayer fue su semilla.
Pero, hoy me siento solo,
completamente solo ante la vida,
que se me niega en ti por un momento.
Qué noche de naufragio entre mis astros,
cuando tu voz -distante- no ha querido
alumbrarme el camino de regreso.
Y luego el alma de mis soledades,
con voz de compasión para mis penas
respondió -desde el fondo de las horas
tenaces de desvelo-:
¡Hay que morir un poco diariamente!
Fernando Paz Castillo
A esta maldita indecisión que fue
tomada desde antes de nacer, a esta lúcida agonía
de separaciones encontradas, de opuestos conjugados,
a este celo perpetuo, le digo adiós.


