“Estas vísperas son las de después. Este pez ya no muere por tu boca,
este loco se va con otra loca. Estos ojos, no lloran más por ti.” J.S.
Sentada en la terraza de mi casa,
la laptop en mis piernas, día de un noviembre frío. Una Caracas nublada reposa activa,
como cada día, a los pies de este Ávila apenado por la neblina. Un día
básicamente normal, sin particulares ni extraordinarios.
Terminadas las pautas de trabajo
del día y de la semana, quedaba mucho tiempo libre para pensar… para practicar
mi mejor deporte: observar, objetar, ilusionarme y, posteriormente, tumbarme la
ilusión; pensar en la inmortalidad del gato, pasarme de creativa, escuchar música
en cantidades abusivas y ¿por qué no? Auto sabotearme un ratico… ¡tiempo hay! ¡Así
que venga!
Hace un par de días mientras escribía
un tweet que decía: “No hay nada más
traicionero que el pensamiento. Mientras más me alejo, más me acerca”, me
cagaba de risa por mis tonterías. Obviamente, el pensamiento hace lo que quiere
y cuándo quiere. No estaba agregándole nada nuevo a mi experiencia. Nada que ya
no hubiese aprehendido de mis muchas lecturas y relecturas de la literatura de
Osho. Así que sólo podía entenderlo como un extraño “recordatorio” de la
pequeñez del hombre y de mi puntual capacidad/necesidad de cuestionarlo todo -Complicada,
como siempre… tiendo a alejar hasta al más paciente-.
Ese flashback twittero tuvo lugar allí, sentada en
aquella terraza, muerta de frío, observando despacio, suavecito, impaciente,
buscando una respuesta en la nube negra que se estaciona cómoda arriba de mi
edificio… buscándole, como siempre, las cuatro patas al gato.
Dejo de divagar y me detengo a
escudriñar una matica que, valga la redundancia, está anclada en la matera de
mi casa. Creo que es un helechito, estoy casi segura. Tiene el verde propio de
este clima, colmada de hojas. Se mueve tan ligera que la envidio -qué
descomplique, coño-, va y viene a gusto
del viento, sin cansarse, sin protestar, en una simbiosis perfecta con su
entorno: sin joder a la matica de al
lado, sin quejarse de lo gélido del tiempo, sin siquiera burlarse de mí que,
sentada frente a ella, la observo embelesada, así como buscando más respuestas para cuestionar
después. El helechito es feliz (quiero creer que así es.)
Al otro extremo de la matera hay
un Bonsái de Jade que heredé hace unos cinco años de un “ex amorcito” que se
fue, como todos, a vivir a Europa. Éste es la exacta antítesis del helechito:
se mantiene erguido, renuente al viento, equidistante a un rosal en la ventana
de mi cuarto, pegadito al borde de la matera, casi a punto de saltar… como
evitando entrar en esa hermosa y relativa danza del helecho. El Bonsái, está en
negación. El Bonsái no es colaborador. Este Bonsái es autónomo, necio,
autosuficiente, hace lo que le da la gana… Claro, mientras lo rieguen, limpien
sus hojas con frecuencia, le acaricien, alaben lo lindo, grande y verde que está…
mientras todo eso suceda, este Bonsái es “in-de-pen-dien-te.”
Me sonrío: lo he logrado.
Encontré de dónde agarrarme para iniciar mi proceso de “hiper complicación
personalizada y autoimpuesta”. No hay
nada más sabroso que sentirme así, dándole una pela a mi subconsciente que me
empuja todo el tiempo a hacer este ejercicio medio malsano, pero que, al final,
siempre me deja cosas buenas –digo yo.-
Resulta que la metáfora cloro-filosa
me sirve de marco para divagar un poco acerca de cómo estoy entendiendo las
cosas que suceden en este momento de mi vida. La mala noticia es que me
identifico con el Bonsái. Como él, le hago resistencia al ritmo natural de
muchas de las cosas que vivo. Por ejemplo, tratándose de relaciones, tengo una
mejor escuela como amiga que como compañera –o pareja-. Quizás el hecho de
protegerme tanto de los otros me deja encerrada en mis propias reglas y
prohibiciones. Como típica cáncer: con ese caparazón bien montado. Así, he
llegado al punto en el que pienso –y siento- que no soy capaz de mantener
relaciones sanas con mi opuesto de género, al menos no de entrada.
Pero sucede que siempre llega
quien te ubica y te obliga a ver más allá de tu propia nariz. Entonces, me he
descubierto vulnerable ante mis inesperadas ganas de querer, de hacer
funcionar, de dejar fluir y no cerrarme esta vez. Me descubro ahora, por
primera vez en mucho, mucho tiempo, abierta a las posibilidades, queriendo
querer. La cosa es, que casi nada sucede como uno lo figura. Hay que jugárselas
o dejarlo ir.
Allí mi dilema actual. No soy
buena presionando o insistiendo. ¡NO SOY PACIENTE! No soy buena pidiendo que me
quieran y, como el Bonsái, opto por erguirme de espaldas al viento, ignorando
al fantástico rosal que reposa junto a mí y rechazando la dinámica armoniosa de
aquel helechito…
Me confieso hoy más vulnerable
que nunca antes. Es una sensación que había olvidado, que se torna incómoda, no
grata, pero adictiva. Inesperadamente he recuperado las ganas de luchar por
alguien, de sentirme bien. Entonces, la
buena noticia es: que ese Bonsái reconoce que no es tan autosuficiente…
reconoce necesitar de otro(s) para mantenerse de cara al imponente Ávila. El riego,
las caricias, el reverdecer de sus hojas, la belleza de la planta no pasa –ni pasará-
por generación espontánea… siempre ha existido un “alguien” que le cuide y
hasta le pode, cuando sea necesario. El Bonsái reconoce que necesita, que no es
tan malo depender SANAMENTE de alguien más.
Tal vez, más adelante coquetee
con el bailecito del helecho. Algo bueno puede salir.
BlackHollow

