¿Recuerdas que al despertar te hablaba de un ojo que me miraba en mis sueños, con tal insistencia que lograba alterarme y me hacía saltar al piso por cualquier cosa, menos por gravedad, en medio de la madrugada? Pues ese ojo insistente tiene meses penetrando en mis huesos, cavando muy profundo, lo más que puede, y llevando cuenta y detalle al mismo tiempo de la experiencia interior.
Todas las noches lo siento dentro de mí, a nivel del estomago, como recogiendo con una pala toda la masa inmóvil que encuentra... Hace dos días me contó, susurrando en perfecto tono a mi oído, que esa masa interior que recogía y guardaba religiosamente cada noche, era de un color amarillento, con una textura casi suave, pero que siempre raspaba sus manos al tacto. Me dijo que esa masa, amarillenta y carrasposa, eran mis miedos. Desperté en ese momento, salté de la cama y fui a dar al piso, al otro extremo de la habitación, tapándome la cabeza con las manos y temblando del frío.¡Vaya operación cómica la que me restan estos sueños! o ¿será que sólo es meditación?
Tengo miedo de dormir esta noche, no quiero toparme con ese ojo una vez más. Sin embargo, a eso de las dos de la madrugada me rindo, y dejo de pelear finalmente por mantenerme despierta. Allí está, puntual e impreciso, latente y equidistante, mirándome desde una esquina de mi interior, esta vez, con un saco muy grande en su mano. Comienza a caminar, descalzo, despacio y sin dejar de mirarme. Abre el saco y lo vacía... Algo, un no sé qué espeso comienza a regarse por toda la cavidad, siento además que algo en la piel me está quemando.
El líquido comienza a ebullir, y de un momento a otro, el ojo decide hablarme: "Lo ves, te he arrancado del lugar de tu mirada, de ese hueco insondable que pretendes tapar siempre con un as de dureza y de corrupción. Te he girado hacia mi órbita, calé en ti y de aquí no saldrás". Comienzo a correr con desespero y busco la salida de la caverna sin éxito. Cansada me detengo y al girar lo veo detrás, pero hay algo diferente; el ojo ya no derrama ahora su luz hacia afuera, lo está haciendo hacia la caverna de mi hueso. Minutos después, con imperceptible movimiento despierto.
Extrañamente estoy respirando con tranquilidad, y no tengo miedo ni prisa por saltar de la cama. Tú sigues dormido y ni te enteras de que me levanto y camino por la casa, como buscando al ojo fuera de mí. Me detengo frente al espejo y veo fijamente a mis ojos... y allí lo encuentro; abierto al movimiento, extendiendo su mirada en una doble dirección que va hacia adentro y hacia afuera sin parar. Ese ojo insistente me ha puesto contra la pared, ha quebrado mis miedos y sepultado al dolor. Los huesos ya no duelen, ya no hay masas amarillentas y carrasposas que arrancar de la cavidad.
Llevo ya tres semanas y cuatro días sin despertar en la madrugada, y tú finalmente puedes abrazarme al dormir, sin miedo a que salte de la cama.
BlackHollow







